COSTUMBRES ALIMETARIAS DE LOS INDIOS CALIFORNIOS




Autor: Sealtiel Enciso Pérez

Miguel del Barco fue uno de los jesuitas que mejor describió las costumbres de los habitantes de la California así como su flora, fauna y geografía. En su libro “Historia Natural y Crónica de la antigua California” nos da cuenta de sus agudas observaciones así como las disertaciones que hace sobre ello hasta llegar a conclusiones muy interesantes, demasiado avanzadas para alguien formado en la vieja escuela del escolasticismo monástico.

En sus largas caminatas y pláticas con los grupos de cochimíes, con los cuales cohabitó la mayor parte de los 30 años que estuvo en la península en la misión de San Francisco Xavier de Vigge Biaundó, éstos le comentaban que no probaban la carne de los tejones por que les parecía muy semejante a la de los seres humanos. A pesar de que jamás vio ni supo de actos de canibalismo entre sus indígenas, la anterior afirmación le hizo creer que tal vez en algún tiempo, motivada por una gran hambruna, pudo haber ocurrido este acto. Del Barco convivió también con muchos indios que venían de Sonora, ya sea como refuerzo de los militares, tripulación de barcos o bien como parte de alguna armada perlera; estos indígenas comentan que les agradaba mucho un alimento al cual denominaban “palmito”, sin embargo cuando intentó darlo de comer a los indios de la California todos demostraron su desagrado.


También pudo observar que los indios californios tenían mucha precaución de no comer de la jojoba. Entre estos indígenas había la idea que el que comía de esta planta caería presa del “vómito” y su vida estaba perdida. Para este grupo indígena el que una persona tuviera vómito era sinónimo de una enfermedad incurable y mortal, probablemente por envenenamiento. Muy interesante resulta un relato que hace de una ocasión en que pudo observar que algunos de los indios conversos de San Ignacio Kadakaaman se burlaban de otros que acababan de llegar de la Misión de Santa Gertrudis La Magna. Al preguntarles porqué se burlaban, los indios le relataron una curiosa costumbre de comer que tenía el grupo de Cochimíes que vivían en esa región, la cual no se practicaba en la suya: “Consistía ésta en la costumbre, descrita ya antes también por otros misioneros, de ensartar algún trozo de carne en un cordel para poder ingerirlo repetidas veces, haciéndolo llegar al estómago y extrayéndolo después para degustarlo así en sucesivas ocasiones”. Era tan curioso el sacerdote Miguel que procedió a cuestionar a los indígenas que practicaban esta curiosa costumbre sobre la razón de ella, a lo que estos respondieron: "que comían como hombres racionales que sabían aprovecharse del buen bocado, saboreando cada uno, y teniendo el gusto de comérselo no una sino muchas veces". Y añadieron que "los de San Ignacio y los demás comían como coyotes que a toda prisa engullían la comida sin que vuelva más a aparecer".

Nuestro ignaciano acompañó en más de una ocasión a los indígenas de su misión en la recolección de semillas en los alrededores de San Francisco Xavier. Menciona que una vez que encontraban una gran cantidad de semillas comían de ellas hasta hartarse, y logrado esto, ahora sí procedían a recolectar lo que quedaba para almacenarlo. Las semillas que más gustaban a estos indígenas eran las llamadas “teddá” y “medesá”, ya que al igual que las pitahayas tenían especial predilección por estos frutos. Del Barco menciona que había años que no se producían pitahayas en ninguna parte del desierto por lo que los indígenas debían recurrir a alimentarse de “mezcales” los cuales siempre había y en cantidad suficiente para saciar el hambre perenne en estos indígenas.

El Sacerdote Miguel menciona que las encargadas de recolectar los “mezcales” eran las mujeres, las cuales provistas de una red a la cual llamaban “uañi”, salían al desierto a recoger cuantas plantas de este tipo cupieran en el recipiente. Posteriormente al llegar al poblado procedían a prepararlos con una técnica semejante a la “barbacoa”: En la tierra cavaban un hueco donde cupiera un hombre y arrojaban dentro del él ramas de matorral a las cuales prendían fuero, posteriormente ponían piedras sobre las brazas y esperaban hasta que estuvieran al rojo vivo. Finalmente cubrían estas piedras con los “mezcales” y sobre ellos arrojaban tierra. Esperaban de un día para otro para desenterrar los mezcales los cuales ya estaban totalmente blandos y cocidos, resultando muy agradables y suaves al paladar. Era tanta la importancia que tenía este alimento para los indígenas que Miguel del Barco expresó en su libro: "¡Así el autor de la naturaleza reparte sus dones! A éstos [los playanos] los proveyó con el mar de suficiente alimento; y a los pobres serranos, para que pudiesen vivir, les dio mezcales. Este es su alimento bien ordinario desde octubre, incluso, hasta abril".

Nuestro misionero hizo interesantes descripciones de la forma en que los indígenas, a los que denominaba “playanos”, capturaban los peces de los cuales posteriormente se alimentaban. Menciona que en los esteros, aprovechando el flujo y reflujo de la marea construían redes y muchos tipos de trampas de las que se valían para atar a los peces cuando intentaban regresar al mar. Era tal su admiración por la diversidad de vida marina que escribió: "Ya que la tierra de la California es poco fértil de frutos, suple el mar la falta de bastimentas con los muchos pescados que ofrecen entrambas costas; en una y otra es increíble su muchedumbre y su variedad".

Bibliografía:

“Historia Natural y Crónica de la antigua California” – Miguel del Barco.

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